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lunes, 8 de septiembre de 2014

“Como es arriba, es abajo” (reflexiones sobre la analogía entre el cuerpo y el universo)

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¿ES EL CUERPO UN ESPEJO DEL UNIVERSO? DESDE LA ANTIGÜEDAD, EL HOMBRE HA CREÍDO VER EN EL CIELO UN ORDEN QUE SE REFLEJA EN LA TIERRA Y EN SU PROPIO CUERPO. ESTA RELACIÓN ES, TAMBIÉN, FUENTE DE EMBELESO POÉTICO



Los interesados en ocultismo estarán familiarizados con la Tabla Esmeralda, un enigmático texto atribuido a Hermes Trismegisto, el mítico padre del esoterismo. Si bien, algunas personas discuten la legitimidad de este texto y la existencia del tres veces grande Hermes –una especie de avatar del dios Hermes (Thoth-Mercurio)–, es indudable que el texto es uno de los más influyentes en la formulación del universo hermético cifrado en las correspondencias (incluso Newton, en su faceta de alquimista, hizo su propia traducción de este texto).

El adagio más famoso de la Tabla Esmeralda y, por su simpleza, insuperable, es:

Lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo, para consumar el milagro de la Unidad.

Algo que comúnmente se resume en “como es arriba, es abajo” En otras palabras, según expresó Proclo en su comentario del Timeo de Platón: “El hombre es un pequeño mundo (mikros cosmos), ya que, como el universo mismo, posee tanto mente como razón, tanto un cuerpo divino como un cuerpo mortal. Está dividido en concordancia con el universo”.

Una versión más actualizada de esto es explicada por Manly P. Hall:

El hombre está sujeto a su mundo por una simpatía de similitud. Aunque el cuerpo humano es menor en magnitud que el mundo, es similar en el arreglo de las partes. A través de esta similitud ciertos vínculos se mantienen y debido a esta simpatía mística la energía universal fluye dentro del hombre y hacia su vida objetiva. Los cabalistas llamaron al hombre “Espejo del Universo”.

Puede que, para nosotros, no resulte evidente que nuestro mundo en la Tierra refleja el mundo celeste o que existe una intrincada conexión entre lo que nos sucede y lo que sucede en el cosmos, como si hubiera una red de filamentos entre los hombres y las estrellas (o ambos fueran parte de un mismo texto). Pero ya sea porque, según el conocimiento apilado por métodos intuitivos o visionarios, se creía que esto era literalmente así, o porque este andamiaje de interconexión y resonancia era la expresión simbólica de una filosofía –aquella de la unidad en todas las cosas—, el hombre antiguo construyó el edificio de su pensamiento basándose en este principio.

Aunque alejado de esta visión mística de las cosas, el hombre moderno siente una nostalgia de habitar en una naturaleza encantada, donde todo habla y todo es el reflejo de otra cosa. Así, la poesía moderna se vio fascinada por la magia y el chamanismo, recogiendo ideas como que la palabra es una fuente creadora que puede modificar la realidad, que la naturaleza es un ecosistema de almas –y un bosque de correspondencias—y que existe una delicada interdependencia entre todas las cosas: mis actos y mis palabras aquí resuenan y se repiten y modifican lo que te ocurre a ti allá.

Uno de los poetas que ha logrado trasladar la magia y el encantamiento de la naturaleza al lenguaje poético moderno con mayor solvencia es Ted Hughes (quien quizás sea más famoso por ser el esposo de Silvia Plath). Hughes tiene un libro fabuloso llamado Crow, en el que despliega el arquetipo del trickster en este personaje esquivo: el cuervo que está ahí para subvertir la creación (y molestar al viejo cuadrado de Dios), estremecer la Tierra y regresar un poco de caos al mundo.

En Crow, Hughes nos muestra una de las más bellas acepciones del principio de correspondencia que se expresa en la Tabla Esmeralda, esta vez en el propio hombre, ya que, como en la geometría fractal, podemos ir viajando a escala microscópica y seguiremos viendo las mismas formas primordiales repitiéndose. El cuerpo humano es el reflejo del esplendor del cosmos, con todas sus estrellas enjoyadas. Aquí el poema “Fragment of an Ancient Tablet”:



Arriba– los ilustres labios, delicadamente deprimidos.

Abajo– barba entre los muslos.



Arriba— su frente, el notable cofre de gemas.

Abajo— el vientre con su nudo de sangre.



Arriba— la redolente frunción.

Abajo— la bomba palpitante del futuro.



Arriba– sus dientes perfectos, con un viso de colmillo en la esquina.

Abajo— el hito de dos mundos.



Arriba– una palabra y un suspiro.

Abajo– gotas de sangre y bebés.



Arriba– el rostro con la forma de un corazón perfecto.

Abajo— el rostro rasgado del corazón.



(Above– the well known lips, delicately downed.

Below– beard between thighs.

Above– her brow, the notable casket of gems.

Below– the belly with its blood-knot.

Above– many a painful frown.

Below– the ticking bomb of the future.

Above– her perfect teeth, with a hint of a fang at the corner.

Below– the milestones of two worlds.

Above– a word and a sigh.

Below– gouts of blood and babies.

Above– the face, shaped like a perfect heart.

Below– the heart’s torn face).


De manera sencilla Hughes lleva el principio de correspondencia entre el cielo y la Tierra al cuerpo, creando un holograma de erotismo, haciendo del cuerpo el altar de lo místico en el que se reconoce también la arquitectura autorreferente o fractal del universo. Hay una profunda relación de simpatía y de seducción entre lo que está arriba y lo que está abajo, lo invisible y lo visible. El poema de Hughes es una nueva versión del más antiguo juego de nombrar está relación intrínseca entre el cosmos y el hombre: “Por cada estrella en el cielo hay una estrella en el hombre”, dijo el alquimista Paracelso. De ahí, Aleister Crowley: “Todo hombre y toda mujer es una estrella”. Este es el misterio que se desvela: la compañía inmanente del cielo. No sólo una intuición espiritual sino también poética y erótica, y es que el cosmos, el orden, tiene una profunda connotación estética… la belleza prístina que llamó a Pitágoras, a Kepler y a Netwon a leer el libro de los astros reverbera en las cámaras del tiempo — y así seduce hacia el conocimiento del misterio (que es siempre autoconocimiento) con la luz de las estrellas, que es la luz de los hombres y de las mujeres.

POR: ALEJANDRO DE POURTALES -


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