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sábado, 13 de septiembre de 2014

La terrorífica historia de una yazidí de 14 años 'regalada' al Estádo Islámico

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Una joven yazidí de 14 años, convertida en 'regalo' de un terrorista del Estado Islámico, relata los horrores de su cautiverio y cómo logró escapar y reunirse finalmente con su familia.


"Al salir el sol el tres de agosto, nuestros familiares nos llamaron con una noticia terrible: los yihadistas del Estado Islámico venían por nosotros", relató la adolescente a 'The Washington Post'. El diario estadounidense la llama Narin, pero su nombre real no se menciona por motivos de seguridad propia y de su familia, algunos de cuyos miembros todavía están en manos de los militantes del Estado Islámico.  

La familia de la joven y otros vecinos de su pequeña aldea situada en la parte septentrional de Irak intentaron a huir en dirección norte. Pero al poco de iniciar el viaje fueron rodeados por los islamistas en pleno desierto. "Nunca me había sentido tan indefensa en mis 14 años", contó la joven.  

Los terroristas dividieron a todos los capturados en tres grupos: uno consistía de hombres jóvenes; otro de niñas y mujeres jóvenes; y el tercero, de hombres y mujeres mayores. A los mayores, los islamistas les quitaron todos los objetos de valor y los abandonaron en el desierto y a las mujeres jóvenes las sentaron en camiones rumbo a Mosul. "Mientras nos llevaban fuera de allí, oímos disparos. Más tarde supimos que estaban matando a los hombres jóvenes y entre ellos estaba mi hermano de 19 años, que se había casado solo seis meses antes", narró Narin.  

"Me intentó violar varias veces" 

Tras llevar a la niñas y mujeres a Mosul, les ofrecieron convertirse al Islam, y después de que se negaran a ello, fueron encerradas durante casi un mes. Les daban de comer una sola vez al día y les ofrecían convertirse al Islam

Finalmente, a Narin y a su amiga de la niñez Shayma –nombre también inventado– fueron regaladas a dos yihadistas, que las llevaron a su casa en Faluya. "La casa parecía a un palacio", cuenta Narin. La vida allí, sin embargo, distaba mucho de ser una vida de lujos: el 'dueño' de Narin, un hombre obeso de unos 50 años, le daba de comer una sola vez al día e intentó violarla y convertirla. "Trató de violarme varias veces, pero no le permití tocarme de manera sexual. Entonces él me gritó y me golpeó y empezó a dar patadas desde entonces cada día. Shayma y yo empezamos a pensar en suicidarnos". Mientras, los captores les proporcionaron teléfonos móviles y les ordenaron llamar a sus familias para contar qué les pasaba, y exigieron que informaran a sus familias de que si se convertían al Islam, quedarían libres.  

"Nos ayudó gracias al amor de Dios" 

Un día, cuando los 'dueños' de Narin y Shayma no se encontraban en casa, llamaron por teléfono a un amigo de un familiar de Shayma que vivía en Faluya. "Para él venir a la casa por nosotras habría sido demasiado peligroso, así que Shayma y yo usamos cuchillos de carne para abrir las puertas y salir. Nos pusimos unas 'abayas' [vestido feminino musulmán] que encontramos en casa y recorrimos la ciudad, que estaba desierta, porque era la hora del rezo de la noche", relata Narin.  

El amigo de Shayma les ofreció refugio en su casa y al día siguiente contrató a un taxista para llevarlas a Bagdad. "El conductor nos confesó que tenía mucho miedo al Estado Islámico, pero decidió ayudarnos gracias a Dios", cuenta Narin. El amigo les dio identificaciones falsas para poder cruzar los puestos de control y las jóvenes se pusieron el 'niqab', velo tradicional feminino que cubre todo el rostro. 

El alivio y el dolor 

En Bagdad los familiares de las jóvenes les dieron otras identificaciones para que pudieran tomar un avión que las llevaría a Erbil, la capital de Kurdistán. "No me podía creer que éramos libres hasta que el avión aterrizó", recuerda Narin.  

Desde Erbil, donde las chicas pasaron la noche en la casa de un miembro kurdo del parlamento iraquí, Narin y Shayma continuaron su viaje hacia Shekhan, la residencia de Baba Sheij, líder espiritual de todos los yazidíes –cuyo título es comparable al del papa en el mundo católico. Una vez a salvo, Narin pudo reunirse con su familia. El enorme alivio y alegría que sintió se mezcló con dolor al saber que su hermano había muerto y que la esposa de éste todavía seguía sufriendo el cautiverio.  

"Nunca podré regresar a mi pequeño pueblo, incluso si queda libre del Estado Islámico, porque la memoria de mi hermano que murió cerca de él me torturaría", asegura la joven. "Quiero abandonar este país. Ya no es un lugar para mí. Quiero ir a algún sitio donde pueda empezar de nuevo mi vida, si esto es de alguna forma ya posible". 


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