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viernes, 14 de agosto de 2015

Histeria colectiva

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Desde las falsas especulaciones en los mercados financieros a la creencia sobre extraterrestres que nos visitan, los seres humanos somos propensos a ilusiones personales y de masas, una costumbre que durado siglos.


Pero ¿por qué las personas creen en fantasmas, OVNIs o raptos de extraterrestres, cuándo las pruebas son tan pocas y más aún poco convincentes?

Del mismo modo que hay quienes aún creen la "cara de Marte", cuando la evidencia ha demostrado que se trato de un truco de luz, existen también quienes consideran que los círculos en los campos de cereal son creados por una civilización extraterrestre cuando la evidencia muestra que se ha tratado de bromistas quien han creado tales ingeniosos engaño.

En esta línea ¿por qué aún persiste la creencia de la existencia de una civilización avanzada, ahora perdida, llamada Atlántida cuando el trabajo de arqueólogos no ha arrojado una evidencia sustancial que pruebe que hayan existido? y más aún ¿por qué se considera funcional la acupuntura y homeopatía como una alternativa en el tratamiento de enfermedades, cuando estudios fiables han demostrado todo lo contrario?

Hoy sabemos que nuestra percepción es poco fiable, basta escuchar los relatos de los testigos de un incendio o un accidente de tráfico para preguntarse si acaso todos presenciaron el mismo suceso. Pero ¿por qué suele existir una atracción por teorías de conspiración o las profecías del boticario francés Nostradamus?

Las ilusiones colectivas ocurren, cobrando notable importancia en la historia: los sociólogos Robert Bartholomew y Erich Goode detallaron como falsas creencias o exageradas han surgido en ocasiones de forma espontánea, pero que se han propagado de forma rápida en la población y de forma temporal afectar una región, cultura o inclusive un país entero.

A menudo se la llamado "histeria colectiva" (de forma imprecisa), en la que hay diversos factores que la provocan y contribuyen a la expansión de tale ilusiones colectivas. Tales factores van desde rumores, una ansiedad pública extraordinaria o excitación, creencias culturales o estereotipos compartidos y su propagación masiva por media de los medios de comunicación, así como el refuerzo de estas por las autoridades como pueden ser políticos, fuerzas armadas o de seguridad.


Charles Mackay, periodista escocés y editor de Illustrated London News, narra como las personas pueden ser propensas a la sugestión en su libro de 1841, Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds (Ilusiones populares extraordinarias y la locura de las muchedumbres).

Dejando en claro que no se trata sólo de un tema de interés académico o una charla intrascendente en una reunión: existen varios ejemplos de como ilusiones colectivas han destruido trabajos, compañías e inclusive economías. La actual crisis financiera actual, que afecta la economía a nivel global, inicio con una insostenible deuda dado que dependía de que los que recibieron los prestamos pagaran cantidades de dinero que estaban claramente más de sus posibilidades ¿acaso esto no es un ejemplo de una ilusión colectiva masiva?

Entre las épocas de prosperidad además de crecimiento frente al de crisis y nulo desarrollo, en cuyas etapas hemos transitado una y otra vez, se puede observar el mismo comportamiento ilusorio. Mackay recuerda algo perturbadoramente familiar: el pico de la “tulipán-manía” en febrero de 1637, en el cual escribe, los contratos de tulipanes se vendieron por más de 10 veces los ingresos anuales de un hábil artesano, y en un punto, se ofrecieron cinco hectáreas de tierra a cambio de un único bulbo de tulipán Semper Augustus.

De los infructuosos siglos que se dedicaron al estudio de la transmutación de elementos en oro, a la quema de brujas en Salem; de la locura del siglo XVII en el uso de imanes para curar males, a las campañas militares de 200 años de los cruzados y su impacto social, económico y político de gran alcance – las ilusiones colectivas han sido una constante a lo largo de la historia.

Pero en este juego también están su forma individual, en la que hay desde los cuentos de abducciones alienígenas – notablemente similares a los de abducciones de demonios en siglos pasados – a informes de cirugía psíquica y la ilusión personal de que la homeopatía es cura para las enfermedades. En tales casos, podrían explicarse mediante una enfermedad que apenas comenzamos a comprender: la parálisis del sueño.

Tal vez no deberían sorprendernos tales limitaciones. “En nuestro interior somos cazadores-recolectores”, comenta el físico Robert Park, autor del libro Superstition (Superstición). “Un cerebro en cuyas facultades esta permitirnos escribir sonetos y resolver ecuaciones diferenciales ha cambiado poco en 160,000 años. La ciencia nos ha transportado a un mundo de viajes en avión y comunicación electrónica con un cerebro aún muy conectado con los instintos de los salvajes que lucharon por sobrevivir en la jungla del Pleistoceno”.

Pero hay una esperanza: la cual esta en la ciencia. En The Demon Haunted World (El mundo y sus demonios), maravilloso libro de 1995 sobre pensamiento crítico y las ilusiones que plagan a la humanidad de Carl Sagan defiende que el método científico y la claridad que conlleva puede ayudar a superar este pensamiento borroso.

Pensar de forma crítica y clara, la mantiene como una máxima: “es el medio… mediante el cual las ideas profundas pueden ser separadas de las profundas insensateces”. Defiende que “es mucho mejor aferrarse al universo como realmente es, que persistir en una ilusión, sin importar lo satisfactoria y reafirmante que sea”.

Aparte del método científico, Sagan ofrece un conjunto de herramientas para el pensamiento crítico, lo que el llama “Kit de detección de engaños”: basta construir un argumento razonado basado en evidencias y evitar quede abierto a reconocer uno falaz o fraudulento que contradiga las pruebas.

Del mismo modo es importante la búsqueda de la confirmación independiente de cualquier hecho y, cuando todas las cosas sean iguales, aplicar la “Navaja de Ockham”: un principio que mantiene que, al tratar de explicar un fenómeno, se deberán hacer las mínimas suposiciones posibles, dado que a menudo la explicación más simple es la correcta.

De tal forma es posible detectar “las falacias más comunes de la lógica y retórica” tales como aceptar un argumento simplemente basándose en que procede de alguien con autoridad, o creer a alguien que se basa en estadísticas de una muestra baja. Finalmente, la ciencia no es una respuesta en sí misma; es una herramienta que ayuda a encontrar las respuestas que buscas.

§ Cosmo Magazine




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