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miércoles, 28 de octubre de 2015

La regulación de las nalgas

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El autor advierte que, “a partir de la década de 1990, el placer anal se tornó una de las ramas más importantes de la industria pornográfica”, examina el “deleite sexual maldito” en su relación con la estética de lo grotesco e indaga, políticamente, por qué “nunca los placeres anales fueron tan tolerados como hoy en día”.


Sea como práctica sexual (sexo anal) o, principalmente, como exposición del órgano, en la pornografía heterosexual contemporánea el ano parece tomar cada vez más el lugar que, históricamente, fue reservado al rostro: la expresión de la individualidad humana. En un proceso de celebración de inversiones y del bajo vientre, típico del realismo grotesco, la imagen de esta parte del cuerpo, tan escondida y secreta en otros discursos audiovisuales, parece aquí ser polisémica, indicando tanto la voracidad del capitalismo actual como el cuestionamiento de nuestra humanidad o también el surgimiento de una política sobre sexo y género.

Literalmente al contrario del rostro, el ano es sinónimo de inmundicia, deshumanización, blanco de injurias y condenaciones. Siendo históricamente asociado a un portal de pecado y enfermedades, es la parte del cuerpo más abyecta para la llamada “cultura oficial”. Sobre el ano recaen prohibiciones bíblicas, tabúes filosóficos, odios sociales y miedos científicos.

Cuando este órgano no está relacionado con lo indigno –junto a las nalgas– es asociado al ridículo y la ofensa. Canciones de gesta cómicas del siglo XII ya narran acerca de caballeros vencidos en combate que, como forma de sumisión, deben besar las nalgas al vencedor, estableciendo una relación entre el ridículo, la humillación y los placeres anales. En el siglo XVI, el médico Laurent Joubert escribe el famoso Tratado de la Risa, en el cual observa que mostrar las nalgas a alguien es grosero, sin embargo, aun así nos provoca risa, pues ésta es una forma de humillar a las personas.

Por relacionarse con la parte de atrás más baja del cuerpo y estar directamente asociado a las heces y a la suciedad, proporcionando placer sin ninguna “utilidad” como la procreación, el ano se asocia a los desarreglos y a la lujuria indomada. En la Edad Media, teólogos cristianos consideraban a esta parte de la anatomía como el rostro del Mal, aquello que instiga la transgresión [contra natura] “contra la naturaleza”. Durante la caza de brujas de los siglos XV al XVIII, los teólogos afirmaban que el auge del Sabbat, la confirmación del pacto satánico era celebrada por Osculum Obscenum, el “beso obsceno”, dado por la hechicera al ano del diablo. Según Foucault (1975: 193), analizando el pacto satánico: “Principio del intercambio, que está marcado precisamente por el pacto, un pacto que sanciona un acto sexual transgresor. Es la visita del íncubo, es el beso del culo del chivo en el Sabbat.” Este es un punto extremadamente importante: la idea del uso anal como una acción intencionalmente transgresora.

También la ciencia contribuirá para descalificar socialmente al ano. A principio del siglo XX, el sexo anal era visto como perversión, desvío o trastorno de una sexualidad “normal”. Hasta la década del 80 del siglo XX, el placer anal en el discurso científico será visto con recelo y hasta con desprecio por parte de algunos médicos y psicoanalistas.

El placer anal es tal vez el deleite sexual maldito por excelencia. De la religión al psicoanálisis, de la brujería a la medicina, es siempre deslegitimado, por lo que se descalifica y humilla a los que lo practican. En la pornografía, esta práctica ya existe desde el inicio de las producciones, pero sólo a partir de la década de 1990, ella se tornó una de las ramas más importantes de la industria pornográfica, en especial la norteamericana. La producción con esta temática creció tanto que hoy en día ya no se caracteriza más como una “rama”, sino que es confundida con la misma corriente principal del porno. Otro dato importante es que la propia imagen del ano fue prácticamente eliminada de la historia de la representación del cuerpo humano en la llamada cultura “oficial”. A no ser en obras médicas/científicas, aún hoy el único discurso que muestra explícitamente este órgano es la pornografía.

Creo que mucho de la idea expresada por la imagen en la pornografía contemporánea sigue a la llamada estética de lo grotesco. Al mismo tiempo en que históricamente se forma, a partir del Renacimiento, el actual patrón de la belleza asociada a las formas armoniosas, equilibradas, proporcionales y simétricas, el grotesco va a desarrollarse a partir de la desarmonía, el desequilibrio, la desproporcionalidad y la asimetría en las imágenes. Elementos característicos de lo grotesco son la hipérbole, el exceso, la proximidad exagerada, la combinación inusitada y deformante entre categorías (especialmente la humana y animal); la monstruosidad; la deformidad; la desproporcionalidad; las medidas absurdas y, principalmente, la inversión de jerarquías establecidas.

Mijail Bajtin, uno de los principales autores que hablan de lo grotesco, señala que “para lo grotesco, la boca es la parte más notable del rostro. La boca domina. El rostro grotesco supone de hecho una boca abierta, y todo lo demás no hace sino encuadrar esa boca, ese abismo corporal abierto y engullente” (La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: el contexto de François Rabelais) . De esta forma, todo lo que es ideal, sublime y comprendido como espiritual e inmaterial es literalmente encarnado al realismo grotesco. Y lo citado respecto de la boca desmesuradamente abierta se aplica perfectamente a la imagen del ano. Esta inversión de lo sagrado hacia lo profano alcanza su máxima expresión en la importante imagen del cambio entre el rostro y las nalgas/ano. De acuerdo con Octavio Paz (“La metáfora”), un tema frecuente en el imaginario popular tanto en Europa como en Latinoamérica –donde, en la figura humana, en lugar del ano se presenta un rostro– representa la afirmación de las potencias del cuerpo material sobre la psique incorpórea, en la cual el rostro puede ser tan bestial como el ano y las jerarquías corporales son sólo incorporaciones de jerarquías sociales: “Al decir que la cola es como la cara, negamos la dualidad alma y cuerpo: reímos porque reestablecemos la discordia que somos”.

De esta manera el ano se transforma en la otra cara, la faz oculta del ser humano, ridiculizando al rostro como la expresión última de la individualidad burguesa y la espiritualidad cristiana.

Nunca como en el siglo XXI, cuando la cara del humanismo occidental se muestra cada vez más monstruosa, agresiva e inhumana, la temática y la propia imagen del ano estuvo tan a la disposición de los medios de comunicación y casi omnipresente en la pornografía convencional.

A pesar de que las producciones que valoran el sexo anal y la imagen del ano pertenecen tanto al mercado heterosexual como al homo o bisexual (según clasificaciones del propio mercado), analizaré aquí sólo la pornografía heterosexual, cuyo foco es el cuerpo de la mujer. Desde la década de 1990, el sexo anal gana cada vez más importancia en la pornografía, especialmente en la producción norteamericana, la más grande del mundo.

Es importante recordar que en la década de los 80, a través de cintas de videocasete, la pornografía fílmica se volvió accesible al universo privado del hogar, pasó a integrar el matrimonio como un ítem de “incremento” sexual en las parejas. De esta forma, la pornografía perdió mucho de su elemento histórico estructurante: la transgresión. Al entrar en las casas y aproximarse a los matrimonios, el porno también se domestica. Como reacción de la propia industria para mantener su capacidad de no respetar convenciones morales y presentar un espectáculo para los sentidos, los placeres anales fueron elevados a la categoría de transgresión autorizada más importante, rentable y longeva de esta industria. Fundado en preceptos y prejuicios religiosos cristianos y científicos, el sexo anal y su visibilidad consiguen mantener de esa manera su carácter transgresor sin salir de la privacidad del hogar.

Con el advenimiento de la Internet comercial en la década de los 90, la pornografía se establece definitivamente como volcada al consumo doméstico. Miles de sitios porno surgen en todo el mundo, transformando tanto la producción y el consumo como el lenguaje y la estética de la pornografía. Y durante todo ese período, las imágenes del ano, sus prácticas y placeres se van internacionalizando y conquistando cada vez más espacio en estas producciones.

La exposición del interior del cuerpo, una de las características de la estética de lo grotesco, es también una de las marcas distintivas de la pornografía contemporánea. A partir de los años 2000, no solo la imagen del ano gana destaque en la pornografía, sino que la presentación del interior del cuerpo se vuelve casi un patrón. Las imágenes de la garganta (como ya observaba Bajtin) y del interior de la vagina y del ano, se muestran en planos de detalle, mostrando la máxima apertura alcanzada por esas partes del cuerpo.

En ciertas producciones pornográficas conocidas como “bizarras”, el foco es el desplazamiento de las paredes internas de la vagina o del recto, en el cual estas partes interiores del cuerpo se desprenden y salen hacia afuera, en una situación conocida en la clínica médica como “prolapso”, o sea, el desplazamiento del órgano. La práctica del prolapso rectal en estas producciones es también llamada “capullo de rosa”, rosebud o rosebutt. Diversos sitios en Internet comercializan producciones porno con este tema (como Prolapse Party) o afines (Anal Acrobats). En estas películas, actrices (y actores en las películas gays), después de la práctica sexual, expelen hacia afuera parte de su vagina, útero y recto, para el espanto y éxtasis del público consumidor.

En estas producciones, el ano deja de representar la parte genérica, vulgar y despersonalizada del ser humano para alcanzar la característica de un trazo identitario personal y único. En estas obras pornográficas actuales, especialmente las producidas para consumo a través de Internet y nuevas tecnologías digitales, el sexo anal y la propia figura del ano no sólo son la temática principal, sino que actores y actrices ya pueden ser reconocidos e identificados por medio de esta parte del cuerpo.

Mila Shegol, psicóloga ucraniana que hizo su carrera como actriz pornográfica en Estados Unidos, fue una de las pioneras de esta tendencia en el porno. Ya en la segunda mitad de los 90 de siglo XX, ganó más de una vez el premio de la Adult Video News (AVN), el Oscar del porno estadounidense, en la categoría “escena de sexo más ultrajante/ obscena” por sus escenas de prolapso. Actualmente, Roxy Raye, Hot Kinky Jo, Prolapse Queen y Dirty Garden Girl obtienen el éxito y reconocimiento del público a través de sus prácticas sexuales anales extremas y de rasgos característicos singulares de sus cuerpos, especialmente sus prolapsos rectales. En el medio porno, sus anos son únicos y prontamente reconocidos, sea por la forma, por su diámetro o por la capacidad de expulsar al propio recto en dimensiones hasta entonces solo vistas en libros médicos.

Políticas del ano

Ahora bien, si la identidad contemporánea no es algo fijo y constante, entonces el locus corporal de su representación tampoco es fijo, pudiendo desplazarse para cualquier parte, incluso aquella históricamente asociada a la injuria, objeción y a lo no humano.

La relación entre subjetividad, ano y el capitalismo fue trabajada por la filósofa española Beatriz Preciado. En su texto “Terror anal” (2009), escrito para presentar el libro El deseo homosexual, de Guy Hocquenghem, la autora muestra cómo la retención del placer anal heterosexual masculino está directamente ligado a la formación de la subjetividad capitalista y a la descalificación de lo femenino. La filósofa muestra cómo durante la formación del sujeto humano occidental contemporáneo, el masculino fue privilegiado del espacio público y el discurso, al mismo tiempo que fue bloqueado su orificio anal y el placer en esta zona fue castrado. Al sujeto femenino se le desautorizó el habla pública y se dejó acceso libre a sus orificios corporales, en especial la vagina. Según Preciado: “Fue necesario cerrar el ano para sublimar el deseo pansexual transformándolo en vínculo de sociabilidad, como fue necesario cercar las tierras comunes para señalar la propiedad privada. Cerrar el ano para que la energía sexual que podría fluir a través de él se convirtiera en honorable y sana camaradería varonil, en intercambio lingüístico, en comunicación, en prensa, en publicidad, en capital.”

En la pornografía heterosexual convencional, esto está muy claro: el ano del hombre nunca es presentado como región erógena, sólo el ano de la mujer.

Durante la década de 1970 en Brasil, cuando se organiza el movimiento homosexual brasileño, en plena dictadura militar, una de las consignas más importantes era “el sexo anal derriba el capital”. Ahora bien, la pornografía globalizada se dio cuenta de que no existen límites o pudores corporales para el capitalismo. El posible carácter transgresor y desestabilizador de ciertas prácticas sexuales fue, al final del siglo XX, incorporado al matrimonio, a la legitimidad social y por supuesto, al consumo. Nunca los placeres anales fueron tan tolerados como hoy en día. De la misma forma, la imagen del ano y las prácticas anales nunca fueron tan consagradas como en la pornografía contemporánea.

A pesar de que, afirma Preciado, el “terror anal” no ha desaparecido, pues la heterosexualidad occidental aún está estructurada sobre la represión anal masculina, el ano parece ya no asustar o derribar el capital. Al contrario, genera capital, por lo menos en la pornografía. La visibilidad de este órgano en la pornografía muestra como el capitalismo invierte en la creación de identidades para alimentar al mercado a través de productos segmentados. Finalmente, como muestran las actrices antes mencionadas, el ano también puede transformarse en un elemento identitario.

La teoría queer ya nos mostró como los discursos de los sexos, géneros, orientaciones, deseos e identidades sexuales, son ficciones políticas reguladoras y que, lejos de ser verdades naturales firmes e impenetrables, son discursos con fallas, contradicciones y fisuras. De esta forma, el ano, aun ahora como estrella pornográfica, no pierde su carácter político.

Con la visibilidad del ano y sus placeres en la pornografía contemporánea, aunque no intencionalmente, la propia política del género heterosexista puede ser cuestionada. Como afirma también Preciado, es fundamental para las reglas de género tradicionales la distinción y jerarquización de los cuerpos pensados en términos de pene y vagina. Ahora bien, una política sexual y de género que se focalizara en el ano no encontraría apoyo conceptual para el privilegio de un tipo de cuerpo en detrimento de otro, pues el ano todos lo poseemos por igual.

Javeir Sáez y Sejo Carrascosa (Por el culo, Egales Editorial, Barcelona, 2011) proponen tomar seriamente el ano en términos políticos. Y para empezar, es fundamental usar el término con que este órgano es popularmente conocido: el culo. Ano es un término clínico asociado a la ciencia, y culo es un término popular asociado a la injuria y, por eso mismo, potencialmente político. Y el culo sí tiene género: “Tal y como se ejerce a la política anal hoy en día, dentro de un régimen heterocentrado y machista, el culo sí tiene género: si es penetrable, es femenino, si es impenetrable, es masculino. El culo es fundamental en la constitución del actual sistema sexo-género y es quien organiza y define las diferentes sexualidades”.

Una nueva política de género y una nueva política sexual tendrán que volver a pensar el culo con sus placeres, miedos y asociaciones abyectas. Su imagen en la pornografía actual, al reemplazar la importancia del rostro, puede ayudar a crear una nueva cara para nosotros mismos, menos machista, agresiva y misógina. Los prolapsos anales pueden llevarnos a pensar los contornos de nuestro concepto de humano, cada vez más limitado en la política y en las prácticas cotidianas.

El género también se produce por medio de la regulación del culo y que, de hecho, el acceso a “lo humano” también tiene que ver con esta cuestión en la medida en que el sexo anal puede acarrear ni más ni menos que la muerte en 8 países del mundo, y la cárcel en más de 80. Aunque no intencionalmente, lo que las imágenes extremas de prolapsos y placeres anales nos invitan a pensar es la propuesta de Sáez y Carrascosa: “Abre tu culo y se abrirá tu mente”.

* Texto extractado de un trabajo incluido en Actualidad de erotismo y pornografía, de Carlos Alberto Barzani (comp.; ed. Topía), que será presentado por Juan Carlos Volnovich y Ernesto Meccia el próximo sábado a las 18, en Lavalle 3119.





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