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miércoles, 30 de marzo de 2016

¿Por qué viajamos? una explicación parcial

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Ustedes y yo vivimos inmersos en una maraña cultural que aceptamos como algo connatural: en España hablamos a gritos en el trabajo, dormimos después de comer, echamos conejo al arroz y no vamos solos a restaurantes. Pero todas esas cosas nos pasan desapercibidas porque lo cotidiano nos resulta invisible. Nuestra percepción, seguramente por buenas y biológicas razones, funciona de otra manera y exige que se produzca un contraste para que se haga clic en nuestra cabeza y algo capture nuestra atención.


Por eso las sorpresas tienen siempre algo relativo. Déjenme poner un ejemplo. Me crié en un pueblo de la costa alicantina, uno bastante pequeño, pero que tenía tres colegios: uno español, uno inglés y otro noruego. Había muchos noruegos en mi pueblo. Por eso cuando viajaba me extrañaba no encontrarlos por ninguna parte. Esa ausencia me resultaba muy inquietante, cosa natural, y me tuvo preocupado un tiempo, hasta que averigüé que los noruegos son una cosa exótica y que lo anormal no era su escasez, sino su abundancia en aquel pueblo mío, un municipio remoto que es la segunda colonia noruega más grande del mundo. Lo que intento decir es que la rutina mata la curiosidad, mientras que lo novedoso la despierta. Por eso yo nunca pregunté de donde salían todos esos noruegos, pero su ausencia me estremeció cuando salí fuera.

Salir «fuera» tiene esa propiedad —nos predispone para la sorpresa— y quizá por eso nos gusta viajar.

Ese es al menos mi caso: viajo para recuperar la capacidad de asombrarme. No voy buscando mirar cosas distintas, sino mirar las cosas de una forma diferente. Si les ocurre como a mi habrán notado que cuando uno está de viaje de repente el mundo se vuelve más interesante. Observas a la gente, hablas con extraños o descubres sabores distintos. Desayunas pensando en tus tostadas. Miras el paisaje con un detenimiento inusual. Te descubres preguntándote por qué las casas no tienen persianas, por qué esta gente no usa cortinas, o por qué los tejados no se inclinan. Te conviertes en uno de esos niños que observan el mundo por primera vez, con los ojos muy abiertos, y que preguntan por qué y por qué de forma incesante.

Pensaba sobre esto hace unas semanas mientras viajaba por el Valle del Draâ. Hacia el Sáhara. Marruecos es un país fascinante y un destino perfecto si uno busca una forma asequible de despertar esa capacidad para la sorpresa de la que hablo. Basta un vuelo low-cost, unos días libres y un presupuesto ajustado para cambiar Europa por África, abandonar Occidente y sentir el influjo del mundo árabe. Si además uno cruza el Atlas y se encamina al desierto se asoma a una sociedad moldeado por una geografía extrema.

En realidad pasé solo unos días más allá del Alto Atlas, siempre en los alrededores de Ourzazate, recorriendo algunos kilómetros por los valles del Dadès y el Draâ. Pero esos pocos días me bastaron para registrar muchas cosas llamativas. No son grandes anécdotas, al contrario, son observaciones sin importancia, pero en eso reside el misterio que quiero ilustrar: como lo intrascendente se vuelva fascinante a los ojos del viajero.

Un tamiz de antenas parabólicas

Si enumero las cosas asombrosas del viaje, el paisaje a lo largo del Draâ merecería una mención por méritos propios. El mismo camino hacia allí contribuye a creer una maravilla porque cuando alcanzas la entrada del valle llevas a tus espaldas kilómetros y kilómetros de desierto árido, rocoso y polvoriento. Tienes la retina saturada de grises y de todas las variedades de marrón que puedas imaginar. No hay vegetación y acabas viendo rocas de tonos verdoso donde solo hay un marrón grisáceo. Entonces llegas al cauce del río, una brecha de humedad por donde emerge un reguero kilométrico de palmeras, olivos y tamarindos cuyos colores habías olvidado.

Pero no es eso lo más llamativo del paisaje. Si continúas la carretera que acompaña al río vas encontrado poblados de construcciones a base de adobe. Son casas espartanas, que se agolpan unas con otras, muy deterioradas porque el adobe resiste mal el paso del tiempo. Miras esas casas y te llama la atención que apenas tienen elementos de madera, pero enseguida recuerdas que el paisaje ya te ha enseñado que la madera es un bien escaso. También entiendes que los techos sean perfectamente planos porque desaguar la lluvia nunca es un problema. Pero lo que te llama más la atención es otra cosa: los techos planos de esas casas de apariencia pobre están repletos de antenas parabólicas.

Puedes contar más platos parabólicos de los que has visto nunca.

¿Por qué gente con recursos limitados se gasta dinero para ver cadenas extranjeras de televisión? Esta aparente paradoja, que los pobres tiendan a gastar mucho en cosas superfluas, es una constante bien estudiada. Las personas a menudo renuncian a cosas que juzgamos básicas a cambio de pequeños caprichos. Pero como explican Abhijit Banerjee y Esther Duflo en su libro, esa conducta no es irracional. Por dar solo un argumento, piensen que en mitad del valle del Draâ no hay realmente mucho que hacer. No siempre hay trabajo, no vas al cine, no compras libros, ni quedas para tomar el té. Por eso es común encontrar grupitos de gente en un terraplén mirando la carretera, el único elemento a la vista que ofrecer variedad a un paisaje por lo demás inmóvil. En ese mundo que (hoy) nos resulta tan ajeno, ver la televisión es un placer mayor de lo que pensamos. Al menos eso es lo que sugieren todas esas antenas parabólicas.

Cruzando en taxi el valle del Draâ

También me llamó la atención el uso distinto que dan a los taxis en la región. Los petite taxi cumplen funciones semejantes a los de aquí, pero lo que llaman grand taxi hacen las veces de autobuses. Uno llega a la parada, dice dónde quiere ir, y un enjambre de taxistas se encarga de dirigirte hacia un coche que partirá en esa dirección. El coche, normalmente un mercedes vetusto, se va llenando con otros viajeros hasta completar siete plazas (siete, sí). Estos grand taxi se usan para recorrer distancias largas y conectar pueblos y ciudades. Más allá de lo curioso del sistema, lo que me sorprendió fue la aparente paradoja de que en España los taxis sean un pequeño lujo y allí no lo pareciesen en absoluto; al contrario, me parecieron un servicio que usa gente de recursos más o menos limitados. Para nosotros un taxi es una alternativa más cara que conducir tu propio coche o usar el transporte público, básicamente porque tienes que pagar el sueldo de un conductor. Pero Madrid no es Ourazazate. Allí el lujo no es pagar un conductor —el tiempo es barato—, sino tener un coche en propiedad. Por no hablar del lujo que sería articular una red de transporte público en un lugar donde la densidad de población tiende rápidamente a cero.

Las paradas de taxis ilustran otra cosa que los que conocen Marruecos seguro han observado: uno encuentra siempre dos o tres personas haciendo el trabajo que, a los ojos de un europeo, bien podría hacer una persona sola. Grosso modo, yo diría que por cada taxi aparcado había tres choferes de brazos cruzados. Y lo mismo pasa en bares y comercios. Encontramos un bar barato y diminuto, abierto más allá de las once de la noche, sin clientes, y sin apenas comida que ofrecer, pero que mantenía tres personas trabajando —un señor nos tomó nota, otro cocinó y el tercero trajo el pan—. Este exceso de trabajadores es una constante en países más pobres que el nuestro y los extranjeros tendemos a ser paternalistas y clasificarlo como una ineficiencia absurda. Esa fue mi primera impresión. Sin embargo, si uno lo piensa quizá la ineficiencia no es tal. Al contrario, es posible que en un país donde los costes salariales son bajos, el óptimo de eficiencia se alcance empleando más personas de lo que a nuestros ojos sería lo normal.

 Sorpresas que dejé sin explicar

Hay otras cosas que me sorprendieron durante el viaje a las que no pude encontrar una explicación. Una de esas cosa fue el tráfico caótico. Por la carretera circulábamos con normalidad, pero al cruzar los pueblos regía un desorden educado: los coches pierden la prioridad, la gente cruza la calle en todas direcciones, las bicicletas circulan al revés, y todos esquivan los carros tirados por burros. Las personas caminan en grupos por mitad de la calzada en lugar de por el arcén, aunque se hacen a un lado cuando llega un coche. Todo esto es tolerado por los conductores que se mueven lentamente y esperan con paciencia para adelantar transeúntes. ¿A qué se debe ese desorden? No sé explicarlo, pero de nuevo me quedó la sensación de que no es un error; quizá ese caos educado funciona bien cuando la calzada la comparten peatones, carros, bicicletas y solo algunos coches. Porque lo cierto es que aquel caos me recordó a los cruces desquiciados de la India, pero también al desorden cauteloso del centro de Ámsterdam y otras ciudades del norte de Europa.

La otra sorpresa que dejé sin explicar fue la reacción de un autoestopista beréber que recogimos cerca Ait Saoun. Lo encontramos en el arcén junto a su coche averiado y nos ofrecimos a llevarlo hasta el pueblo siguiente, Agdz. El beréber nos dio conversación todo el trayecto, indicándonos las montañas por su nombre y aconsejándonos la mejor ruta hacia el verdadero desierto. Cuando llegamos a la puerta de su casa nos invitó a entrar para tomar un té con su familia. Pero nosotros queríamos seguir el camino y dijimos que no, dándole muy efusivamente las gracias. Él insistió también muy efusivamente. Todos nos dábamos las gracias mucho. Tras un rato de forcejeo por fin se rindió y aceptó que no tomaríamos ese té… y entonces como movido por un resorte se ofreció a pagarnos por el viaje. Por alguna razón que no entendí, al no aceptar nosotros su invitación de té, el beréber se sintió en la obligación de ofrecerse a pagar el viaje. Nos negamos rotundamente y nos entregamos a un nuevo forcejeo muy amable, hasta que pudimos marcharnos sin tomar el té ni su dinero. Pensándolo después me doy cuenta de que el resultado del intercambio fue para nosotros el esperado —ambos nos ofrecimos cosas que era educado rechazar—, pero el proceso llevó más tiempo de lo que es habitual en un formalismo, y eso me dejó con la duda: ¿habíamos violado alguna de sus normas o sencillamente sus formalismos toman más tiempo?

Ojos de recién despertado

Hubo más cosas que me llamaron la atención —por ejemplo, no encontré ni un solo cuadro ni nada que colgase de una pared que estuviese recto, y una señora al verme con un libro en la mano me ofreció una bolsa de plástico, supongo que para protegerlo bien—, pero de nuevo no son más que las típicas anécdotas que a uno le sorprenden cuando está lejos de casa. Son cosas triviales; pero eso es precisamente lo que intento subrayar, que hay algo mágico en viajar que consigue que lo trivial nos resulte fascinante.

Hay algo en alejarse, en viajar a otro lugar, que nos transforma en ese niño al que todo le sorprende y que todo lo pregunta, como si de golpe quisiéramos entender el mundo entero en una mañana. Porque hay algo que los niños siempre parecieron intuir, pero que los adultos tendemos a olvidar: que detrás de todas las cosas hay un porqué esperando ser descubierto.

Publicado por Kiko Llaneras




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