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sábado, 2 de abril de 2016

CUANDO LOS PASTORES LE QUITAN LA CHAMBA A LOS PSICÓLOGOS.

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El ultimo sábado una amiga de varias jaranas de fin de semana nos sorprendió a todos cuando en medio del jolgorio, en vez de tomar (como siempre) un vaso con cerveza, sacó de su bolsa una botella de agua y empezó a decirnos que ya no iba a tomar licor porque había entendido que esas eran “cosas del mundo” y que su pastor le había aconsejado que progresivamente debía alejarse de aquellas cosas “negativas” para su vida.


Yo creo que a todos nos ha pasado en algún momento ésta situación. Amigos que han estado pasando por crisis terribles: familiares, emocionales, económicas, sentimentales y que de pronto  empiezan a alejarse de fiestas, reuniones y todo lo que tenga que ver con lo “mundano” y “tentador”.

En otros artículos ya había hablado de cómo las religiones aprovechan los momentos de dolor, angustia y crisis para vender el “abrazamiento” de sus dogmas como “camino de salvación” sobre todo en personas con poca voluntad para afrontar sus problemas de fondo.

Desde luego que toda persona es libre de cambiar y tomar las decisiones que consideren convenientes para mejorar sus vidas. El asunto es que cuando uno ingresa a una de estas sectas (religiones) uno deja de decidir (y pensar) por sí propio.

Por ejemplo, nuestra amiga nos decía: “nadie me ha obligado yo misma he entendido que está mal”. Y claro, la trampa religiosa es muy sofisticada y esta hilvanada de tal forma que quien cae en ella nunca repara en como poco a poco va perdiendo su libertad para reflexionar sobre lo “bueno” o lo “malo”.

Una vez dentro del grupo, todos ponen su mejor sonrisa y te escuchan y atienden “como nunca lo había hecho” el mundo cruel y despiadado que anda sin el dios verdadero y que “cede a los placeres del demonio”, en ese momento, por simple contraste todo lo que esté fuera de ese círculo empieza a parecer despreciable y sospechoso.

La coerción empieza a jugar su rol gracias a la presión del grupo. De esta forma, poco a poco los discursos religiosos empiezan a “aniquilar” conductas y comportamientos tan sencillos que van desde como peinarse, como vestirse, que decir o qué hacer.

En la reunión notaba la incomodidad natural de mi amiga al no poder participar del “ritual colectivo de la cerveza”.

Desde luego que tengo muchos amigos a los que no les gusta tomar y disfrutan igual de una fiesta. Pero una cosa es que lo hayan decidido por voluntad propia y otra muy distinta que alguien que si lo disfruta se prive de ello porque un grupo de aprovechadores del dolor ajeno hayan decidido por “revelación divina” que hay una asociación entre la inmoralidad y el licor.

Lo que finalmente crean estos grupetes es lo que se llama la “ilusión de la felicidad” que evidentemente gira en torno a lo que han interpretado los líderes religiosos de algún “texto sagrado” y que crea sus propios cuadros axiológicos, logrando finalmente que la gente se sienta una mierda cuando no cumple con lo establecido y que “sea muy feliz” cantando, saltando, repitiendo “mantras” que ni siquiera entienden bien.

Lo preocupante de todo esto que hay un tema de fondo que nadie quiere ver y ese es el tema de la salud mental en el Perú. Según el Ministerio de Salud: el 30% de la población urbana de Lima sufre algún problema relativo a la salud mental (depresión, ansiedad, adicción a drogas, etc.) y al menos 1 de cada 7 peruanos (3´950 907 personas) tendría algún tipo de discapacidad que dificultaría su desempeño personal, familiar, académico, laboral y/o social según los datos de los ESTUDIOS EPIDEMIOLÓGICOS EN SALUD MENTAL (EESM) que desarrolla el Instituto Nacional de Salud Mental “Honorio Delgado – Hideyo Noguchi” desde el año 2002.

Y lo más paradójico de todo es que estas cifras son inversamente proporcionales al tratamiento o atención de dichas enfermedades. En el mismo estudio se puede leer: “A pesar de ser tan frecuente, la brecha del tratamiento o proporción de personas que necesitando atención no la reciben es de 80%, es decir 8 de cada 10 personas con un trastorno mental no reciben tratamiento adecuado”.

Habría que hacer un estudio también de cuanto de este alto porcentaje de personas con insanidad mental (que no es un delito ni un estigma) asiste a un grupo religioso en lugar de a un profesional de la salud mental.

Las razones porque las que la gente no acude a un psicólogo van desde las económicas por un lado, pero sobre todo culturales: mucha gente piensa que ir al psicólogo es sinónimo de estar loco o cagado de la cabeza. Yo he podido ver como los psicólogos de postas médicas se andan “mosqueando” en sus consultorios a pesar de que la admisión cuesta 4 soles y en hospitales como Solidaridad donde puede acudir por 6 o 7 soles casi no hay cola para la atención.

En contraposición los “Salones del Reino”, “los templos adventistas y pentecostales” y “los centros de rehabilitación cristianos” (que operan en condiciones deplorables) se van llenando cada vez más mientras el Estado le da la espalda a este grave problema de salud.

La ciencia de la salud mental puede demorar pero definitivamente es más efectiva y desde luego tienes la garantía de que al salir de la puerta del consultorio recogerás intacta tu libertad y sabrás que tu dinero nunca habrá sido mejor invertido.





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