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viernes, 16 de septiembre de 2016

Así murió ‘Lucy’, la australopiteca

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Un grupo de investigadores realiza un análisis de los huesos del fósil y concluye que falleció al caer de un árbol desde una altura de más de diez metros.

Lucy no lo sabía, pero hace 3,2 millones de años, en su mundo y en su cuerpo se estaba produciendo una revolución. La representante más famosa de su especie, Australopithecus afarensis, ya caminaba erguida, elevando la mirada para otear la sabana que empezaba a ganar terreno. En lo que hoy es la región de Afar, en Etiopía, los cambios medioambientales habían hecho retroceder los bosques tropicales en los que habían habitado sus ancestros y las necesidades de supervivencia estaban cambiando. La nueva forma de locomoción de aquel homínido, de algo más de un metro de alto y con un cerebro poco mayor que el de un chimpancé, dejó libres sus manos que, probablemente, ya utilizaba para agarrar herramientas.

Esas habilidades llevarían a los descendientes de la pequeña Lucy a conquistar el mundo, pero ella tuvo que pagar el precio de los pioneros. Un completo análisis de sus huesos, que se publica en la revista Nature esta semana, sugiere que se mató al caerse de un árbol. Después de someter a tomografía computerizada el fósil, completo en un 40%, estudiaron los lugares y las formas de fractura de los huesos, tratando de determinar si se partieron justo antes de la muerte o si lo hicieron durante los millones de años que pasaron hasta que Donald Johanson los encontró el 24 de noviembre de 1971.

El equipo de científicos, liderado por el paleoantropólogo de la Universidad de Texas en Austin (EE. UU.) John Kappelman, estima que Lucy cayó de pie e incluso se aventura a afirmar que estiró los brazos en un intento desesperado por frenar su caída. Stephen Pearce, un cirujano ortopédico de la Clínica Austin de Huesos y Articulaciones, confirmó que la fractura del húmero de Lucy era consistente con las que se observan en caídas similares en las que las víctimas aún conscientes tratan de frenar el impacto.

El artículo también aporta información sobre el modo de vida de los australopitecos. Los restos fósiles de estos ancestros humanos muestran que ya caminaban erguidos, pero se sigue discutiendo si continuaban pasando parte de su vida en los árboles. El análisis de Kappelman y sus colegas calcula que cuando se estrelló contra el suelo, Lucy viajaba a unos 60 kilómetros por hora. Para alcanzar esa velocidad debió de caer desde una altura de más de diez metros, algo que lleva a los científicos a especular con la probabilidad de que subiese a los árboles en busca de comida o para refugiarse durante la noche. Este tipo de uso de los árboles sería parecido al de los chimpancés, que se duermen a alturas de entre 7 y 23 metros, fuera del alcance de sus depredadores.

Esta vida híbrida entre las ramas y el suelo es en el fondo la historia de todos los seres vivos, que heredaron un cuerpo moldeado por las necesidades de un entorno y ya están recibiendo nuevas presiones para adaptarse a nuevos cambios. El descenso de los árboles, que permitió a los humanos conquistar el planeta cientos de miles de años más tarde, ofreció ventajas a Lucy en el nuevo mundo que estaba creando el cambio climático. Sin embargo, la versatilidad tiene un coste. Es probable que aquellos homínidos perdiesen habilidad para trepar y comenzasen a sufrir caídas con mayor frecuencia. Uno de esos fallos acabó con Lucy por los suelos y creó como beneficio colateral uno de los mejores libros en los que leer cómo empezamos a ser humanos.




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